En el siglo VIII, un contingente de tropas árabes desembarca en las costas mediterráneas. Se hacen con el poder del debilitado reino visigodo y Córdoba es tomada por Mugit, lugarteniente de Tariq, dándose desde este momento la convivencia de los pueblos cristianos y musulmanes.
En el año 716 el tercer emir musulmán de los dependientes de Damasco, Al-Hurr ben abd-Ramán al-Tha Qafí, proclama el Emirato independiente y decide trasladar la capitalidad de al-Andalus -que estaba en Sevilla- a Córdoba, lo que da un vuelco definitivo al papel de la ciudad en la historia.
En los siglos posteriores, Córdoba se convierte en la mayor ciudad de Europa y del mundo con excepción de Constantinopla, y posiblemente la más culta. En el siglo X Córdoba era la ciudad más grande del mundo, así como un gran centro cultural, político y económico.
Entre los años 780-785 se comienza la construcción de la Mezquita-Aljama, bajo el mando del emir Abderraman I. Durante el siglo X, se completó finalmente la gran Mezquita de Córdoba que ha sido descrito como “el templo musulmán más hermoso del mundo”, su construcción, desarrollo y ampliaciones estuvieron marcadas por casi todos los califas: Abderraman I, Hisham I, Abderraman II, Abderraman III, Alhakem II y el visir Almanzor.
El Califato Independiente de Occidente se declara en el 929 bajo el mandato de Abderraman III. En esta época la ciudad alcanza su mayor apogeo. Como símbolo del poder califal y siguiendo la tradición de los califas de Damasco (Bagdad) y Egipto (El Cairo), Abderraman III funda la ciudad de Madinat Al-Zahra, a las afueras de Córdoba, que fue construida en veinticinco años por más de 10.000 obreros.
Alhakem II da paso a la época de mayor esplendor cultural, durante la cual se realiza la tercera gran ampliación de la Mezquita-Aljama. Su sucesor, Hixam II, deja el poder a cargo del visir Almanzor, responsable de la tercera y última ampliación de la mezquita.
La muerte de Almanzor en 1002, tras ser derrotado en Calatañazor (Soria), abre en al-Ándalus una larga etapa de fragmentación y disputa. En menos de treinta años nueve califas se suceden en el trono y finalmente el califato de Córdoba termina por desaparecer en el año 1031. En su lugar surge un mosaico de pequeños reinos, llamados de taifas.
En un principio el Califato se fragmenta en veintisiete reinos de taifas. Los más débiles fueron desapareciendo y fueron anexionados por los más poderosos. De forma paulatinas las taifas de Almería, Murcia, Alpuente, Arcos, Badajoz, Carmona, Denia, Granada, Huelva, Morón, Silves, Toledo, Tortosa, Valencia y Zaragoza van independizándose del poder central de Córdoba.
Estos pequeños reinos, mucho más débiles que el Califato, se muestran sumisos hacia los dirigentes cristianos, a los que entregan unos tributos llamados parias. Mientras tanto, el avance de la reconquista cristiana culmina con la conquista de Toledo en el 1085.
Una vez rota su unidad, al-Andalus queda a merced de los cristianos del norte, que van ocupando paulatinamente los territorios que habían estado bajo el poder musulmán. A partir de la derrota de las Navas de Tolosa (Jaén) en 1212, el avance cristiano fue imparable y la España musulmana acabó reducida al pequeño reino de Granada.


